El sol se ponía lentamente sobre las colinas doradas, proyectando un resplandor reconfortante sobre el pequeño pueblo que se extendía a sus pies. Las calles empedradas, que antes bullían con el ajetreo del mercado matutino, recuperaban por fin su habitual tranquilidad. A lo lejos, se oía el suave murmullo del río serpenteando entre los sauces llorones, mientras el aroma del pan recién horneado seguía llegando desde las ventanas abiertas.