1 juin 2026

SYNODALITÉ ET SPIRITUALITÉ DE L'INCARNATION

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SYNODALITÉ ET SPIRITUALITÉ DE L'INCARNATION

Par : Mgr Ubaldo Santana FMI

(JOURNÉES COMMUNAUTAIRES FMI CHAVAGNES-EN-PAILLERS)

INTRODUCTION

L'appel à la conversion pastorale et missionnaire, l'un des noyaux dynamiques de la synodalité, implique tous les secteurs du peuple de Dieu. La vie consacrée fait partie de ce peuple, elle marche en lui et c'est en lui qu'elle donne son témoignage dans le monde. En nous convoquant, le Pape fonde son invitation pressante sur les mêmes motifs que le Concile Vatican II a utilisés pour appeler au renouveau de la vie consacrée. Hier et aujourd'hui, c'est toute l'Église qui est appelée à se mettre en état de renouvellement. Il s'agit de revenir à la fraîcheur de l'Évangile, de centrer tout le processus de réforme autour de la personne et du message de Jésus Christ (EG 26). Ce renouveau, le Concile l'a vu à son tour comme une réforme permanente de soi par fidélité à Jésus. Il s'agit à la fois de se « ressourcer » c'est-à-dire de revenir aux origines et d '« aggiornamentoarsi », c'est-à-dire d'adapter notre langage, et nos choix aux nouveaux signes des temps pour entrer dans un véritable dialogue entre nous-mêmes, avec les autres secteurs du peuple de Dieu et avec la civilisation en pleine gestation.

Cet appel à la conversion ecclésiale doit être pris en compte par les consacrés car ce secteur ecclésial est redevable à l'esprit et à la lettre de cet événement. Dans les instituts cléricaux est entrée la maladie de la cléricalisation. Le clergé a été sacralisé, les laïcs associés ont été cléricalisés, l'autorité est devenue verticale et imposante et s'est éloignée de sa vocation de service. Il faut se demander si cet éloignement du style de vie évangélique a influencé la diminution drastique des laïcs consacrés, appelés frères laïcs, et a causé leur disparition et pourquoi dans plusieurs instituts religieux masculins frères laïcs ont demandé à être admis au diaconat.

También para la vida consagrada la novedad se ha de buscar primero que todo en el evangelio mismo y no en las estructuras o los métodos. Volver al evangelio ha de ser el núcleo generador de nuestra conversión.Aparecida decía; “A todos nos toca recomenzar desdeCristo” (A 12). A este camino de retorno a estas fuentes fundamentales Aparecida le dio el nombre de conversión pastoral y misionera, integradas. La tercera parte de este documento tiene un todo un segmento dedicado a este tema bajo el título “La vida de Jesucristo para nuestros pueblos” (NN 365-372). Allí se dice que “ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe” (365).

Vemos entonces que la participación de la vida consagrada en este movimiento eclesial de renovación es determinante, no solo porque está implicada junto con todos los demás miembros de la Iglesia, sino también ,y sobre todo, porque ella tiene algo propio e indispensable que aportar para la actualización de la pastoral de comunión, pues sus presupuestos fundamentales los que en este momento se necesitan:seguir a Jesucristo en radicalidad desde las Bienaventuranzas, asumir el modo evangélico de ser y vivir Cristo desde los pobres, dar testimonio personal y comunitario de Jesucristo, contribuir a la transformación de la sociedad valiéndose del carisma recibido.

Le corresponde comunicar la alegría del evangelio discerniendo los nuevos signos de los tiempos, a acompasar su ritmo de renovación con el resto de la Iglesia y particularmente con los laicos, formando parte del pueblo de Dios y dando su aporte irremplazable en trabajar codo a codo con los demás para que los laicos se vuelvan sujetos de evangelización y se coloquen en la primera línea de la transformación de las realidades terrestres de donde surja un mundo más justo, más libre y fraterno.

Le corresponde contribuir para que la Iglesia pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral misionera. Su testimonio ha de mostrar el camino para que la Iglesia se vuelva efectivamente la casa de los pobres, de los sencillos, de los trabajadores, de los campesinos y de los hombres y mujeres de los inmensos cinturones de miseria que vegetan en las periferias de las grandes ciudades. Para que la Palabra de Dios se le devuelva al pueblo sencillo y aprendan a leerla desde sus propias realidades y encuentren en ella la luz y la fortaleza que necesitan, para ser generadores de unidad,de esperanza, de trabajo, de fraternidad, en una sociedad más justa y solidaria.

Han de implicarse de modo más directo y creativo en la elaboración de planes diocesanos procesuales, fundamentados en la realidad y en la palabra de Dios, pensados, elaborados y ejecutados para que el “anuncio del evangelio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura” (A 371). Han de estar sensibilizados y atentos para que, en la elaboración de estos instrumentos, los laicos sean tomados en cuenta en todas las fases: se les consulte, se les escuche, participen en el discernimiento, en la toma de decisiones, en la planificación y la ejecución. Han de ser testigos de primera línea para que los planes sean puertas y ventanas abiertas que permitan acoger, trabar relaciones, fraternizar y aprender de los que no comparten nuestra fe.

¿QUÉ CARACTERIZA LA CORRIENTEESPIRITUAL DE LA ENCARNACION?

Paso ahora a presentar en esta segunda parte, de forma muy genérica y sucinta algunas notas que delinean la corriente espiritual llamada de la Encarnación tal como se ha ido configurando desde finales del siglo XIX.

Parto del siguiente presupuesto: la meta de la vida cristiana es la participación en la comunión trinitaria, que es la misma esencia de Dios. Este es el principio y fundamento de la vocación cristiana: el mismo Dios Trino y Uno. Y no es una teoría. Desde hace más de dos mil años se vive esta experiencia en la Iglesia. Hubo épocas en que tomaron fuerza otras corrientes espirituales. Pero con la renovación espiritual surgida a raíz de la Reforma de Lutero y el Concilio de Trento, surgió con fuerza renovada en lo que es conocido como la escuela francesa de espiritualidad con figuras señeras como el Cardenal de Bérulle, Charles de Condren, Jean Jacques Olier entre otros. A esta corriente espiritual pertenecería nuestro fundador Louis Marie Baudouin. Y en estos últimos siglos fueron vividas y actualizadas por figuras ejemplares como Antoine Chevrier, Charles de Foucauld, Madeleine Delbrel.

Esta vocación fundamental nos fue plenamente revelada y manifestada, cuando los tiempos llegaron a su plenitud, con la encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen María. Las grandes corrientes patrísticas de la Iglesia oriental, con S. Gregorio de Nissa y occidental, con S. Ireneo y S. Agustín no han cesado de repetir que el Hijo de Dios se hizo hombre para que el hombre se volviera hijo de Dios. Que la fe y el seguimiento de Jesús de Nazaret es el camino para aprender a vivir desde esta tierra la única y decisiva verdad: la comunión trinitaria. La Trinidad encarnó (en su segunda persona) en un hombre para que los hombres pudiéramos “encarnar” en la Trinidad por, en y con Jesús.

La vida cristiana se vuelve así un proceso de conversión permanente a Cristo o proceso de “cristificación”, no solo a manera de una imitación material de la vida de Jesús, sino como comunión-participación plena y total con Él. En el Evangelio de Juan se repite de muchas maneras esta certeza: “Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí… Si alguien me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él” (Jn 6,57; 14,23).

Por medio de Cristo hemos sabido que Dios en su esencia es amor. Nos lo ha dicho con su vida, su Evangelio, sus gestos, sus señales y sobre todo con su muerte y resurrección. Gracias a él sabemos que el amor no es algo sino “alguien”: Es Cristo. Y nosotros hemos conocido ese amor y nos hemos enterado que hemos sido creados por un Dios Amor, a su imagen y semejanza, es decir capaces de participar en ese amor trinitario.

El Hijo de Dios encarnado es la única escala para poder acceder a la vida intra-trinitaria, él es la única puerta. Solo por él se nos posibilita nuestra única vocación: vivir en el amor trinitario. La única condición por consiguiente es seguirlo, es vivir como él vivió, amar como él amó. Llego al Padre por el Hijo, quien se hizo hombre como yo, y desde esa condición me comunica el Espíritu del amor. El ideal cristiano depende enteramente de poder acceder y participar en ese amor no solo en su encarnación terrenal sino en su versión originante en el seno de las tres personas trinitarias.

El amor es uno solo, pero la manifestación de ese amor necesita comunicarse en tres direcciones: necesita tener hacia quien comunica ese amor; una dirección “desde”que recibe a su vez la correspondencia del amor manifestado; y una dirección “con”, producto y fruto de amor dado y recibido. En forma analógica podríamos decir que la primera dimensión se identifica con el Padre, cuyo amor fontal se desborda y sale buscando comunicación. La segunda dirección sería propia del Hijo “amado del Padre”. La tercera (don compartido) correspondería al Espíritu Santo.

Me he atrevido a hacer este elemental esbozo con el deseo de hacer ver, no la circumincesión trinitaria en sí, gracia divina que solo se podrá experimentar en el cielo,sino el modo cómo la comunión de amor existente en la Trinidad y revelada por la encarnación del Logos, es en realidad el verdadero paradigma de la vida cristiana tanto a nivel personal como comunitario y el modelo de todo proceso evangelizador y catequético.

De esta visión se desprenden también las principales virtudes cultivadas por la espiritualidad de la encarnación. El Padre al entregar su Hijo amado al mundo, al desprenderse de él para enviarlo al mundo se identifica con la pobreza. El Hijo, que obedece a su Padre y se despoja de su divinidad para hacerse en todo igual a nosotros menos en el pecado se identifica con la obediencia y la humildad. El Espíritu Santo al ser don conjunto del amor compartido por el Padre y el Hijo se identifica con la misión en permanente salida para dar y comunicar la salvación por medio de la práctica del amor.

No es pues de extrañar que la espiritualidad de la Encarnación vivida y difundida en los últimos siglos lleve el sello de una espiritualidad trinitaria, y que las actitudes y virtudes privilegiadas por todos los que la han experimentado y comunicado sea el seguimiento de Jesús pobre, humilde y obediente, la entrega total y abandono absoluto en las manos del Padre y la vida entregada y sacrificada a los demás como don total de amor, siguiendo en ello los pasos de Jesús de Nazaret. Sin querer forzar la barra ni establecer paralelismos artificiales me parece que muchas de estas características están presentes en la devoción de Luis María Baudouin por el Verbo Encarnado. La celebración de la Encarnación lleva un sello y un ritmo marcadamente trinitario. La pobreza, la vida austera, la obediencia, la humildad y la ofrenda sacrificial de los seguidores del Verbo son también las virtudes más resaltantes en sus muchos de sus cartas y escritos.

Y si ahora nos fijamos en el Concilio Vaticano II, nos damos cuenta que los principales documentos tienen traen una introducción totalmente trinitaria, y no la trinidad teologal sino la que los padres de la iglesia llamaban la trinidad económica. La Iglesia espresentada como sacramento universal de salvación y de comunión de los hombres entre sí con Dios. La figura, el mensaje, la pascua de Cristo Jesús recupera su centralidad como camino de salvación y la pneumatología, anima todo el surgimiento de la renovación de todos los estados cristianos y de la ministerialidad de la Iglesia.

Llegado a este punto, creo que estamos en condiciones de contestar la pregunta que nos hicimos al principio: ¿Cuál es el aporte de la espiritualidad de la Encarnación a toda la dinámica renovadora, reformadora y misionera de la conversión sinodal? Permítanme que en esta parte conclusiva adopte más bien el tono de la meditación.

Como lo reseñamos en la primera parte “La sinodalidad expresa la vida y la misión de la Iglesia. Esta nueva palabra castellana tiene como trasfondo el verbo griego συνοδεύω (synodeúō), que significa “ir con”, “hallarse en camino juntos”, “acompañar”. En participio presente designa a los “acompañantes”, como aquel grupo que iba con Saulo de camino a Damasco (cf. Hch9,7).

Yo me pregunto, ¿quién camina con quién? En una primera respuesta podemos decir Dios camina con el hombre. Pero para que Dios camine con el hombre tienen primero que encontrarse. En el primer testamento Dios camina con un pueblo a través de otros hombres. En Egipto y en el desierto camina con Israel por medio de Moisés; en la conquista de la tierra prometida camina con las tribus de Israel por medio de Josué y más delante de los jueces. En la época de los reyes camina con Israel y Judá por medio de David y de sus sucesores. Los libros sapienciales describen el momento en que la Sabiduría plantará su tienda en medio de los hombres.

Será en la plenitud de los tiempos cuando Dios mismo, por medio de su Hijo, el Logos, se encontrará en persona con el hombre. Ese encuentro se da en el momento de la Encarnación. El momento maravilloso, ante el cual no cabe otra actitud que la admiración y el silencio adorante, en que Dios se hace hombre en el seno de una virgen llamada María. Es el momento de la Encarnación: El Verbo se hace hombre y empieza a caminar con y en medio de los hombres. Dios tuvo que humillarse, abajarse, reducirse para poder encontrarse nuevamente con la criatura humana.

En realidad, Dios estaba en búsqueda del hombre desde el mismo momento en que la primera pareja traspasó el umbral del Edén y quedó clausurada la puerta de acceso, vigilada por un ángel de fuego. Pero también por otro lado el ser humano también estaba en búsqueda de Dios desde ese mismo momento. Pero fue Dios quien puso todo lo que tenía que poner de su parte para llegar hasta donde yacía su criatura, la que había hecho de arcilla y del soplo de su aliento. Para poder caminar con él era necesario primero que bajara a buscarlo allí donde yacía.

Uno de los artículos del Credo, nuestra profesión de fe fundamental, dice así, en latín: Passus sub PontioPilato, crucifixus, mortuus et sepultus, descendit in ínferos. Descendió a los infiernos. ¿Cuáles son esos “infiernos” a los que tuvo que bajar Cristo? Son todas esas realidades de pecado personal y social que fueron alejando más y más al hombre de su verdadera dignidad y condición. Cuando me formularon esta pregunta en el examen final de la Gregoriana, no la supe contestar. A Lo largo de mi vida y de mi ministerio pastoral he ido descubriendo primero en mí mismo y luego en la realidad y en el mundo cuáles son esos esos “infiernos”.

Y todos los que estamos aquí que hemos atravesado una parte del siglo XX y lo que va del XXI sabemos cuáles son esos infiernos a los que tiene que bajar Jesús y los que lo seguimos para encontrarnos con el hombre y sus miserias, sus fragilidades, sus pequeñeces, sus ínfulas de grandeza y poder. Los infiernos de los campos de exterminio, de los gulags, de los ghettos, de las guerras químicas cada vez más destructoras, de los mutilados por minas anti-personales, de los seres humanos abortados, de los ancianos asesinados clínicamente, de los desplazados apátridas, de los migrantes que naufragan en el Mediterráneo, de los ejecutados sumariamente por sus creencias religiosas, los millones de niños sometidos a toda clase de esclavitudes. 

¿A qué infiernos bajo Cristo Jesús? a. ¡A cuántos infiernos, a lo largo de nuestra historia humana, no ha cesado de bajar Cristo con su cruz y sus llagas para redimirlos con su sangre? ¿A cuántos de los infiernos de nuestros pecados reiterados, inveterados, no ha bajado para sacarnos de ellos, uno a uno, con paciencia, con misericordia, con gran compasión? “Cristo estará en agonía hasta el fin del mundo; no hay que dormir durante este tiempo» (Blaise Pascal, Pensamientos).

Para que pueda darse la sinodalidad, el caminar con, el caminar juntos, tiene que darse primero el encuentro encarnacional con los últimos de los últimos. Eso fue lo que hizo Jesús. Eso es lo que tiene que hacer la Iglesia de Jesús. Eso es lo que nos toca hacer a los seguidores de la Espiritualidad de la Encarnación. Para que haya sinodalidad tiene que haber primero “encarnacionalidad”. Para ello hay bajar como Jesús todos los peldaños, hasta el último, al más recóndito de los infiernos. No se puede dejar a nadie fuera de la búsqueda para invitarlo a salir y a emprender otro camino, el camino de la vida digna y que lleva a la vida plena.

Por eso es que los hombres y mujeres que viven esta espiritualidad, la viven desde los pequeños, los empobrecidos, los descartados, lo no-tomados en cuenta, los descalificados, los deshumanizados. La espiritualidad de la Encarnación enseña a buscar, a encontrar y a caminar con los más olvidados. Y camina con ellos tomando en cuenta todas las dimensiones de sus vidas (lo personal y lo social-comunitario) y busca no su propio protagonismo sino hacer presente la persona y el mensaje de Jesús, particularmente el Evangelio el Reino de Dios.

Su sujeto destinatario primario son los pobres, y desde ellos su invitación se vuelve universal, convoca a todos los seres humanos, en cualquier situación en que se encuentren. Solo dando a Jesucristo de esta manera y dándonos nosotros con él podremos conocerlo y experimentar el misterio profundo e inagotable de su amor redentor. Como dice Pablo en él están escondidos todos los tesoros del saber y del conocimiento y solo él con su propia vida nos ha abierto la puerta para que logremos “comprender junto con todos los consagrados la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra, que conozcamos el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, Así seremos colmados de la plenitud de Dios” (Ef 3,17-19), que no es otra que la plenitud del Amor que viene a ser la Trinidad de Dios.

El caminar del Dios de nuestro Señor Jesucristo con el hombre se ha de traducir a su vez en un aprendizaje del caminar juntos. Con Jesús aprendemos a abandonar el “yo” egolátrico e individualista y a descubrir el atractivo y la fuerza del ser un “nosotros”, una comunidad. Esta es la experiencia que nos quiere comunicar la Iglesia sacramento de comunión, Iglesia pueblo fiel de Dios, Iglesia cuerpo de Cristo, Iglesia impulsada y habitada por el Espíritu Santo que la hace ministerial, diaconal, servidora, samaritana.

Finalmente, la Encarnación del Hijo es un encuentro con el ser humano, con todo el ser humano, con todos los seres humanos y con los contextos humanos y culturales donde los hombres y las mujeres del mundo se desenvuelven, trabajan, construyen, avanzan, progresan, crecen. La Encarnación es la “salida” misionera más audaz, insólita y atrevida que se haya podida dar en la historia de la humanidad. Con ella se abre la puerta a la esperanza para todos los seres humanos de cualquier condición, realidad. El diálogo que se ha iniciado con la asunción de la condición humana por parte del Hijo amado del Padre nos obliga a todos en la Iglesia a volvernos aprendices y alumnos de la Escuela de la Encarnación. La escuela de la Encarnación es la gran escuela para aprender la sinodalidad eclesial, misionera y humana.

Lo que se da en la misa es paradigmático y se ha de dar en toda la vida del creyente. A la pareja humana se le confió el jardín del universo. Es precisamente en esta identidad original reflectora de Dios en el hombre, que le da plenitud de sentido al trabajo humano. En el momento de la ofrenda el sacerdote no le presenta a Dios trigo sino pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre; no le presenta racimos de uva, sino vino, fruto de la viña y de la labor humana.

Esta colaboración, estas manos y corazón unidos, es lo que Pablo llama el culto razonable, el verdadero culto con el que alabamos, adoramos y bendecimos a Dios en el tiempo, camino a la eternidad (Rm 12.1). Todo ha de ser fruto de un encuentro entre la debilidad humana y la gracia divina, entre el esfuerzo humano y la presencia divina. Cada hombre, con el trabajo de sus manos callosas, con el sudor de su frente, es una encarnación, en su profesión u oficio respectivo, y será tanto más persona cuanto mejor se dé esta alianza entre sus manos y su entendimiento, entre su amoroso y sabio Creador y él. La caridad ha de ser el principio que anime y sostenga el testimonio de cada instante vivido. Solo lo hecho con el amor de Cristo tiene valor de eternidad, cualquiera que sea la condición y la procedencia de la persona.

Il y a una phrase de Térence que le Pape Saint Paul VI aimait faire sienne : « Je suis un homme et rien de ce qui est humain, je crois, ne m’est étranger ». Nous serons disciples de l’Incarnactión et de ses divines suites et compagnons de route de Louis Marie Baudouinet disciples quand nous serons capables de faire sinodalité non seulement entre nous, ce qui est dejá pas mal, en Eglise, ce qui est mieux sans doute mais aussi avec toute l’humanité, ce qui est parfait. « C’est ainsi que nous deviendrons les fils de notre Pere , qui est aux cieux, car il fait lever son soleil sur les méchants et sur les bons e tomber la pluie sur les justes et les injustes » (Mt 5,45).

Merci, fréres, de votre attention et surtout de votre patience.

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